Un cadáver exquisito es una manera de crear de manera colaborativa una obra artística. Aunque originalmente eran dibujos o pinturas, se extendió el término para otras expresiones cómo la poesía.

En este caso, en colaboración con el blog Remolinos, estamos creando un relato de corte fantástico, y cuya primera parte podéis leer siguiendo este enlace.


La ciudad amanecía, aunque muchos de sus habitantes llevaban horas recorriendo sus calles, paseando por sus burdeles y tabernas, o escondiéndose en sus sombras.

Mirando por la ventana contempló como se unían a la ciudad artesanos y comerciantes, mendigos y pajes. Todos con tareas o una vida que llevar en esta ciudad, capital de un reino, pero cuyas callejas son iguales a las de cualquier otra.

Pero una persona destacaba en la lenta marea humana que se formaba. No era solo su aspecto, un exótico pelo de color ceniciento, parecido al de una anciana, aunque ella era una mujer joven. Su porte. Su manera de andar. Eso la diferenciaba. Era como si lo que le rodease fuese inmundicia que se apartase a su paso. Su elegancia destacaba, una gracia dotada de fuerza. En otras circunstancias hubiese podido pensar que era una meretriz proveniente del levante. Pero no en este caso. Su poderío demostraba que no era una persona que se doblegase, como las trabajadoras de los burdeles del puerto. Eso le intrigaba, así como el hecho de que acabase entrando en una taberna. No la peor de la ciudad, pero siendo sinceros, y viendo el barrio, era un antro como el resto.

En fin, aunque la extranjera le intrigase (porque no cabía duda de que no podía proceder de la ciudad, ni de los fríos reinos norteños, ni de los desérticos del sur), tenía trabajo que hacer. Cuando terminase ya tendría tiempo de relajarse y tomar una cerveza, y ¿que mejor lugar que la taberna escogida por la joven exótica? Con suerte aún la encontraría dentro, y si no, siempre podría interrogar al dueño o a los parroquianos.

En cualquier caso, era hora de partir. Vestido como estaba solo tenía que ocultar su vieja daga, la que tantas jornadas le había acompañado, y que tantas gargantas había abierto. El trabajo de hoy era rutinario, un burgués demasiado atrevido con la dama de un comerciante. No tenía que matarlo, simplemente arrebatarle su hombría, aunque en esta ciudad, una herida semejante podía matarte igualmente. Una perdida que pocos llorarían seguramente.

Con su fiel compañera dispuesta, y su jubón preparado, abrió finalmente la puerta para sumergirse en el rio humano que con el devenir de la mañana iba cogiendo fuerza.

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