Con mucho (demasiado) tiempo  de diferencia, publico una nueva entrada del cadáver exquisito que estaba escribiendo en colaboracíon con el blog Remolinos

El reguero negro que se deslizaba hasta el suelo se detuvo finalmente cuando un paño se deslizó por la hoja. La mano que lo sujetaba era la mía, pero en ese momento no me lo pareciese. El trabajo había sido sencillo, el burgués permanecía inconsciente en el suelo, pero su cabeza estaba en otro lugar, en otra persona.

¿Cuál sería su nombre? ¿Qué estaría haciendo aquí? Estas y otras preguntas anidaban en su cabeza, retozando en el fondo mientras que cumplía con su encargo. Normalmente su mente estaría pensando en si la guardia o algún vecino le habrá escuchado, al fin y al cabo, este no es el barrio donde vive. No, este vecindario no está acostumbrado a la violencia, a hacer oídos sordos a los gritos, gemidos y agonías de sus habitantes.

Lentamente su experiencia se fue haciendo dueño de su cuerpo. Tras guardar la daga entre su ropaje, inició el camino de regreso a sus calles, abandonando la riqueza y comodidad de los burgueses para iniciar con calma el regreso a la parte baja de la ciudad.


Entró lentamente en la taberna, iluminada débilmente por la luz que se colaba entre los viejos postigos de madera. Allí estaba la extranjera, sentada con el anciano Lucius. Normalmente lo ignoraba, al igual que el resto de los parroquianos, ya que amenizaba a quien quisiera escucharlo con historias  sobre tierras de fantasía, de sueños, de quimeras…

Nada podía ser más extraño para él, ¿acaso no era real la ciudad? ¿sus tenderos, prostitutas y mendigos?  Cada vez que lo escuchaba, pensaba que no eran más que delirios propios de la edad, de una persona que se aferraba a la vida ignorando al tiempo que había acabado con la existencia de otros muchos.

Pero en esta ocasión era diferente. No porque contase algo diferente, era el mismo discurso de siempre. Es que ella, la extranjera estaba sentada con ella, escuchando sus palabras, alternando muecas de asombro, asentamiento, y quizás ¿enfado?

Sea como sea, al final acabó sentado en la mesa, escuchando al viejo y sus fábulas. Pero ahora parecía entenderlas. Recordó otros tiempos mientras las palabras danzaban por su mente. De cuando era niño y jugaba por los callejones. Las pilas de inmundicia eran montañas para escalar, los guardias, ogros que perseguían a los héroes. Un tiempo en el que podía permitirse soñar, dejar volar su imaginación, tener aspiraciones. Eso fue antes de que la crudeza de la vida le arrebatase la inocencia. Y entonces lloró, lloró como no hacía desde hace ya décadas, porque lo había comprendido. Había sido derrotado. No era más el hombre de los encargos sucios, el que elegía sus trabajos porque se creía inmune. Ya no, las palabras de Lucius le habían llevado a la verdad.

Hay ocasiones en la vida que te amortiguas, dejas a un lado lo que te importa porque no quieres seguir sufriendo. Pierdes la visión global, y te dejas ir. Abandonas tus propósitos porque te recuerdan a la persona con la que comprometiste, porque es más fácil vivir en gris que ver los colores. Es más fácil quedarse con la rutina que vivir con la alegría y la pena.

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