Seguimos recuperando cosas del baúl de los recuerdos. En esta ocasión es un relato que daba comienzo de una partida de AD&D 2ª edición (debería tener las notas por algún sitio). Su comienzo era una ciudad que se veía asediada por los ejércitos de unas extrañas criaturas reptiloides.

La idea que subyace en esta campaña es la responsabilidad, representada por la figura de la joven princesa que debe velar por el bienestar de sus súbditos.

La verdad es que tengo que terminar un día la historia o dirigirla.


 

El calor era insoportable. Ni siquiera el hecho de que se hubiese ocultado el sol hacía que se llevase mejor el bochorno. No era a causa de que la primavera estuviese abandonando ya los campos, dejando paso progresivamente al estío. No.

El responsable de este calor era el incendio que asolaba los arrabales de la ciudad, convirtiendo en columnas de humo lo que hasta hacía escasas horas eran negocios y residencias, trabajos y hogares. Lo que eran edificios de su ciudad.

Que cruel sonaba decir su ciudad en estas horas tan aciagas. Podía ser la hija del rey, podía ser su heredera. No, se corrijo sí misma, no, su padre estaba muerto y ella estaba destinada a reinar su legado. Si quedaba algo pensó.

Volviendo a la ventana surgió la duda que le atormentaba desde el momento en que supo que su padre le iba a abandonar finalmente. Su edad era una pesada carga que su cuerpo renunció a portar. Mejor así. No vería el fin de su amada ciudad.

Su amada ciudad, la bella y prospera Alathis, ha perdido toda su gloria. Las extrañas criaturas que la asedian han destruido medio reino para llegar a sus puertas, y lo más extraño es que nadie sabe porqué, o siquiera que son o de donde proceden.

Ojala su amor no hubiese abandonado la ciudad. No fue por el asedio, ya que aún resonaban en su mente las órdenes de su padre. El suyo era un amor imposible, su padre se había encargado de dejárselo bien claro. Y ella había obedecido. Al fin y al cabo, era el rey.

Dioses, como añoraba su firme presencia, su constancia, su sinceridad. Si estuviese con ella no le dejaría caer en ese estado de melancolía. No, la melancolía nunca estuvo presente en su relación.

Debía rezarle a Farahd, para que le acompañase en su viaje, en su exilio. No le hará ningún daño que le rece, se dijo a sí misma, aunque bien supiese que las semanas de rezos en los templos tampoco habían aportado soluciones a la ciudad. Excepto para calmar los ánimos de las gentes se corrigió.

ciudad

 

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